¿Es posible sobrevivir al infierno de la trata en México?

Foto tomada del internet de la presidenta de la Brigada Callejera

¿Es posible sobrevivir al infierno de la trata en México?

https://www.mujerhoy.com/vivir/protagonistas/201910/13/trata-mujeres-mex...

Hablamos con las supervivientes de la trata sexual en un país que es origen, tránsito y destino para estas mujeres que han sido arrancadas de sus vidas, convertidas en mercancía y violadas hasta la extenuación. ¿Hasta cuándo las mafias seguirán perpetrando el delito más lucrativo del mundo, con la complicidad de las instituciones políticas y financieras?

NURIA LÓPEZ TORRES
13 OCT 2019 MAJO SISCAR

“Soy Alejandra, tengo 35 años y fui explotada sexualmente”, dice a bocajarro al pedirle que cuente su historia. Lo suelta de carrerilla, en su vida no hubo preámbulos. Su testimonio es una sucesión de atrocidades que empezó a los cinco años, cuando su familia decidió que una niña no sería sospechosa y la empezaron a usar de “mula”, es decir, para transportar droga. A los 10 años, con un cuerpo que crecía más rápido que ella, Alejandra fue obligada a trabajar en un prostíbulo. A los 12, su tío abuelo la violó y se quedó embarazada. Se fue de casa y acabó en otro club a 200 km de su familia. Se enamoró de un proxeneta y se quedó embarazada. Ese hijo fue la manera que él tuvo de amarrarla. Menor e ingenua, ella firmó un papel donde le otorgaba la custodia al padre. Trabajar para él como esclava sexual se convirtió en la única manera de ver crecer a su hijo. En el camino tuvo otra hija, Vanessa. Antes de que se repitiese la historia, Alejandra decidió escapar. Pero él las buscó y secuestró a la niña, de apenas un año, para seguir chantajeándola. Podía vivir lejos, pero tenía que seguir prostituyéndose para él.

Alejandra: Ha sido esclava sexual desde los 10 años hasta los 30. Primero para su familia y después para un proxeneta del que se enamoró. Con él tuvo dos hijos a quienes él secuestró para obligarla a seguir prostituyéndose. Ahora sigue ejerciendo por cuenta propia, pero vive sola con su hija (16), que está libre de violencia.
Alejandra: Ha sido esclava sexual desde los 10 años hasta los 30. Primero para su familia y después para un proxeneta del que se enamoró. Con él tuvo dos hijos a quienes él secuestró para obligarla a seguir prostituyéndose. Ahora sigue ejerciendo por cuenta propia, pero vive sola con su hija (16), que está libre de violencia.

Atada a una cadena
Cuando Alejandra fue a buscar a su pequeña, la tenían en una urbanización en construcción, gateando entre las obras, con costras en las manos y con una alergia que le agrietaba las mejillas. Se la llevó, pero las amenazas a punta de pistola siguieron. “Me dijo que si no trabajaba para él, mataría a mi hija [que también es suya]. Luego, cuando fue creciendo, me amenazaba con que la pondría a trabajar a ella también. A mi hijo apenas me lo deja ver. Hace un año, yo le dije la verdad y dejé de darle dinero a su papá. Me sentía ahogada por una cadena”, explica mientras se derrumba.

La droga se vende una vez, a una mujer la puedes vender 30 veces al día.
Durante 20 años, Alejandra ha sido esclava sexual, primero para su familia y luego para el padre de sus hijos. Pero lo que más teme es que les pase a ellos. La trata de personas está entre los delitos más lucrativos a nivel mundial, junto al tráfico de drogas y de armas. Es un negocio que arrebata la condición humana de sus víctimas para convertirlas en mercancías. Mientras la droga se vende, se consume y se acaba, a una mujer se la puede vender 20 o 30 veces al día. Y al día siguiente otras 30.

Unos 25 millones de personas son víctimas de las diferentes modalidades de trata en todo el planeta, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). De ellas, casi cinco millones son víctimas de explotación sexual. En México, el 93% de las víctimas de trata son mujeres y el 26% menores, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

En la capital se encuentra el mayor prostíbulo al aire libre de América. El barrio de La Merced es un descomunal mercado, la antigua plaza de abastos de la capital, un territorio de calles polvorientas donde se vende comida, menaje, ropa de primera y segunda mano, zapatos, medicinas, música... y mujeres. Unas 3.000, según los últimos cálculos. Se ven a simple vista. Día y noche. Entre el bullicio, hay una sucesión de chicas —algunas casi niñas— con tacones y ropa llamativa. La tarifa está marcada. Pueden ser apenas siete euros por “un rato”, que no pasa de los 15 minutos. Muchos de los vendedores que las rodean son parte de la mafia que las está controlando.

Silvia: Una de las tácticas más crueles de los traficantes es la del “enamoramiento”. Silvia fue una niña con una infancia desestructurada a quien un chaval engatusó con falso cariño. Cuando creía que por fin tenía una familia, el tipo resultó ser un proxeneta que la chantajeó con su hijo para que se prostituyera para él. 21.000 menores mexicanas son captadas cada año.

La esclavitud sexual tiene raíces profundas que se hunden en la Antigüedad, pero la globalización ha convertido el mundo entero en un burdel donde hay países que exportan víctimas, otros por donde transitan y otros de destino, donde se encuentran los “consumidores”. México es un país de origen, tránsito y destino de esas víctimas. En sus clubes hay mujeres mexicanas, pero también de América Central y del Sur, así como de Europa del Este, Asia y África. Muchas acaban en Estados Unidos.

Rumbo al norte
El Gobierno mexicano ha firmado convenciones para erradicar la trata; además tiene albergues para víctimas y una Fiscalía Especial para tratar casos de violencia de género. En noviembre de 2017 lideró la primera Cumbre Hemisférica sobre Trata. Sin embargo, “la corrupción y varios casos de complicidad entre algunos funcionarios públicos continúan generando preocupación”, señala el último informe de EE.UU. sobre tráfico de personas.

Enamorarlas es el método más común para captarlas. Tener un hijo con ellas, la forma de retenerla.
Naciones Unidas calcula que cada año alrededor de 21.000 menores mexicanos son captados para la explotación sexual. Es decir, más de 57 cada día. De ellos, 45 de cada 100 son niñas indígenas. Los métodos para captarlas están protocolizados. El más común es el del enamoramiento. Hombres que se dedican a conquistar a adolescentes hasta que consiguen alejarlas de sus familias —tienen estipulado un tiempo de tres meses de media para conseguirlo— y se las llevan a otro lado. Es allí cuando el novio cambia radicalmente y las obliga a prostituirse. Tienen toda una red de mujeres trabajando para ellos y hay familias enteras que se dedican a embaucar a niñas. Una vez caen en la red de trata, la maternidad es la principal forma de control.

Elizabeth es de una aldea rural de Veracruz, donde lo único que abunda son las carencias. Con 15 años, su hermana mayor llegó a trabajar a la Ciudad de México para mejorar su economía. Pronto conoció a un muchacho que la enamoró con invitaciones y regalos. Parecía el hombre ideal y tuvieron un niño. Ahí la empezó a maltratar y a amenazar con quitarle el hijo si no se prostituía. Pero no tuvo suficiente. Y en uno de sus viajes a Veracruz para ver a su familia, el hombre invitó a su cuñada Elizabeth, separada y con dos hijas, a irse con ellos a la Ciudad de México para cuidar de su sobrino.

Cuando se instaló, Elizabeth descubrió que la vida de cuento de hadas de su hermana era mentira. Cada día se iba a trabajar y, cuando llegaba, su pareja la golpeaba. A las pocas semanas, el cuñado obligó a Elizabeth a salir con su hermana. Ella no sabía de qué se trataba. Las dejó en una esquina de La Merced, controlada por él y sus cómplices. Y luego invitó a una tercera hermana a venir a la ciudad con ellos. Lo que no logró hacer por ella misma, Elizabeth lo hizo por su hermana más pequeña. Se fugaron. Pero a él nunca pudieron llevarlo ante la Justicia. “Cuando tratábamos de presentar la denuncia, nos ignoraban. Nos decían “Vengan mañana” una y otra vez, como si nosotras hubiéramos cometido el delito. Aquí la policía es pura corrupción. Están compinchados con ellos y los operativos suelen hacerse de cara a la galería”, explica mientras la indignación se vuelve lágrimas.

Rebeca: A los 11 años la vendieron a una red de prostitución en EE.UU. A los 17 la encerraron tres años y medio en un hotel en México donde entraban “clientes” todos los días desde las seis de la tarde hasta las ocho de la mañana. Delante de ella mataron a dos chicas por negarse a trabajar. “Es difícil rehacerse, pero cuanto más te pisoteen, más debes salir adelante”.

Carne de cañón
Elizabeth y Alejandra hablan de lo que les ha ocurrido en un espacio seguro: la oficina de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez, una organización que integra a trabajadoras sexuales y supervivientes de trata. La habitación es un consultorio precario donde se hacen revisiones ginecológicas y se reparten preservativos pero, sobre todo, se ofrece apoyo emocional.

Su directora, la incansable Elvira Madrid, lleva 30 años recorriendo La Merced y otros barrios rojos de la República mexicana. Denuncia a proxenetas, funcionarios públicos, reparte preservativos, hace pruebas de enfermedades de transmisión sexual y ayuda a quien puede a legalizar su situación migratoria. A Alejandra la ayudó a encontrar a su hija hace 15 años, cuando el padre la secuestró. “Hay total impunidad; aquí la mujer no vale nada”, sintetiza Madrid desde su oficina, un modesto piso enclavado en el mismo barrio.

En la Plaza de la Maternidad, miles de mujeres recuerdan a sus hijas ausentes. Nunca dejarán de buscarlas.

Ella también carga decenas de amenazas a sus espaldas por su trabajo, pero dice que no lo deja porque cada día el abuso crece. La espiral de violencia asociada a la guerra contra el narcotráfico que sufre México en los últimos 12 años es terreno abonado para la trata.

Hay "redes de complicidad entre el poder y el crimen organizado", dice el Senado.
Desde 2007, las autoridades han documentado la desaparición de 40.000 personas en México. 40.000 personas a las que parece que se las ha tragado la tierra. Más que durante la dictadura argentina. Uno de cada cuatro desaparecidos es mujer. A diferencia de los hombres, en las chicas hay un patrón físico: son más jóvenes que la media y generalmente de complexión alta, según el análisis hecho por la organización Data Cívica.

A los 14 años, Aylin respondía a esa descripción. Una noche bajó a comprar algo de cenar y tres tipos la subieron a la fuerza a un coche, según le contó una vecina a su madre, María Soledad Sánchez, que se preocupó al ver que su hija tardaba en volver. Inmediatamente, fue a denunciar su desaparición y el policía de turno le dijo que no se preocupase, que “se habría ido con el novio”. Estos testimonios se repiten entre las madres y padres de jóvenes desaparecidas. Chicas a las que las autoridades no buscan. O lo hacen sin resultados.

María Soledad no podía quedarse esperando y empezó a buscar por su cuenta. Fue a televisión, contrató a un investigador y hasta se hizo pasar por trabajadora sexual. Así descubrió que a su hija la había secuestrado un proxeneta que la torturó hasta conseguir que se prostituyera en su beneficio. Aylin tiene aún las huellas de las cadenas en las muñecas. Las otras cicatrices no se ven, pero le rompen el alma. “La tenían encadenada a una plancha donde los clientes la violaban, y él cobraba. La dejaron días sin comer ni beber agua. La obligaron a comer mugre hasta que doblegaron su voluntad y aceptó venir a un lugar donde tiene a otras jóvenes; la mayoría son niñas de Secundaria”, cuenta su madre con tono enérgico y los labios temblando.

Cuando parece que no puede haber más aberraciones llega Rebeca López, una joven de 26 años que, tras todo lo que ha sufrido, sorprende que siga viva y cuerda. “Me tocó ver cómo mataban a golpes a una muchacha porque no dio todo el dinero que había ganado ese día. Me tocó ver cómo asesinaron a otra porque no quiso salir; a sangre fría la mataron”. Rebeca acudió a una entrevista de trabajo para limpiar y acabó en una camioneta con otra docena de chicas. Pasó tres años y medio encerrada en un hotel, donde fue violada unas 15.000 veces. Salió gracias a un operativo policial que impulsó un agente después de hacerse pasar por cliente durante tres meses. Mientras ella y sus compañeras declaraban y hacían el reconocimiento de los detenidos, ese policía fue asesinado.

El informe del Senado de México con motivo del Día Mundial Contra la Trata no titubea: “Se trata de un negocio constituido por redes de complicidad entre el poder político, económico y el crimen organizado, y hay nexos entre propietarios de negocios sexuales metidos en la política”. La Fiscalía estima que en México hay 47 grupos de delincuencia organizada involucrados en la trata de personas para fines sexuales y laborales.

Luchadoras
“Las denuncias nos han traído problemas: asesinatos de compañeras, encarcelamientos, palizas, desapariciones –cuenta Elvira Madrid–. Seguimos denunciando, pero aprendimos que no podemos ir solas. En la calle, las patrullas extorsionan a las trabajadoras sexuales libres, las violan”, añade. Ahora, Rebeca, María Soledad o Elizabeth la ayudan en la oficina central porque Elvira está recorriendo el país. Rebeca sigue ejerciendo la prostitución, pero por cuenta propia. María Soledad logró el encarcelamiento del tratante de su hija, gracias a que un tribunal de Nueva York presionó a México por delincuencia organizada transnacional. Está preso, pero ella asegura que aún tiene a más de un centenar de mujeres explotadas a través de su red. “Las autoridades actúan en complicidad con ellos porque ganan mucho dinero. A los que investigaban el caso de mi hija les dieron 50.000 pesos [unos 2.500 €] y lo dejaron ir”, cuenta.

En 2018, el Gobierno mexicano rescató a 706 víctimas de trata sexual. No basta. La ONU ha identificado 363 municipios de alta vulnerabilidad de trata de personas en México. Hay incluso un corredor de tratantes en torno a la localidad de Tenancingo, un municipio situado a 130 km de la capital, conocido por vivir de la explotación sexual y donde ni la prensa ni la policía son bienvenidos. A aquellos pocos que intentan entrar les sacan con amenazas o compran su silencio mientras las autoridades miran hacia otro lado.

Elvira Madrid cuenta que ellas han intentado denunciarlo, pero nadie les hace caso por ser prostitutas. Para ella, mientras no se trate a las que ejercen libremente como trabajadoras de pleno derecho, no se podrá combatir la trata y la explotación sexual.