La distancia entre el trabajo y la trata: la Caravana de las madres de migrantes desaparecidos en Tapachula, Chiapas

Foto de Noti-Calle

La distancia entre el trabajo y la trata: la Caravana de las madres de migrantes desaparecidos en Tapachula, Chiapas
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Eliana Gilet
17 diciembre 2015

“Aquí andan las señoras, conversando con las muchachas a ver si reconocen a alguna de las que buscan”. Lizeth llegó de Honduras hace 16 años, “pero ya tiene 7 años que no trabajo”.

La Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos ha dedicado todas sus horas en Chiapas, sobre todo en Tapachula, a recorrer bares, cantinas, cuarteríos y cabarets, con un número reducido de fotos: sólo las de las mujeres.

“Las madres fueron muy bien recibidas por las chicas. Yo reconocí a una de las chicas de las fotos, sé que es ella. Conozco el trabajo de las madres, cuando la Caravana estuvo aquí el año pasado también estuve con ellas. Creo que son muy valientes al salir a buscar ellas mismas a sus hijas. Es algo muy duro y muy fuerte, sobre todo cuando no las encuentran.”

¿Por qué las centroamericanas que están trabajando en Tapachula dejan de comunicarse con sus familias? “Hay muchos casos. Hay chicas que no quieren saber nada de sus familias porque vienen de situaciones difíciles. Algunas están resentidas con sus madres porque las han tratado mal, porque consintieron que el padrastro viole a sus hijas, o les pegue. Habemos personas que no aguantamos eso y preferimos que ya no sepan nada de nosotras. También hay chicas que se comunican con su casa, pero le mienten a sus padres sobre en qué trabajan. El trabajo en los bares y los cabarets está muy criminalizado en Centroamérica, andas por la calle y escuchas que comentan: “esta trabaja de prostituta”

La Caravana (y las trabajadoras) tienen un aliado estratégico en Tapachula: la Brigada Callejera. “El trabajo que hacen es muy bueno. Han trabajado mucho con los dueños de los lugares, con los clientes y con nosotras mismas. Han hecho que las autoridades nos respeten y nos traten mejor.”

Jaime Montejo es uno de los integrantes de la Brigada a quien las chicas reconocen y validan. En los días que la Caravana lleva en Tapachula no se ha separado de las madres en ningún momento, facilitándoles el acceso a los bares en dónde tienen llegada, e incluso, acompañándolas a dónde nadie más se atreve a ir.

En la tarde del martes estuvieron en Huixtla, en la zona de tolerancia: el lugar dónde, con permiso de las autoridades municipales y estatales se practica el trabajo sexual pago en bares, cantinas, cuarterías y cabarets. “Además de que los clientes vayan a beber, hay lugares especiales dónde se practican relaciones sexuales pagas”, explica Montejo.

“No todo es trata. Yo trabaje muchos años en un bar y lo hice todo el tiempo por mi gusto. Nunca un dueño me tuvo por la fuerza ni nada que se le parezca. En la mayoría de los bares trabaja una de mesera y si a una le gusta un hombre, es libre de salir e irse con él ¿no? Pero eso no hace noticia” apunta lúcida Lizeth, dando en el clavo del conflicto que se vivió (y se vive) en Tapachula.

“En Huixtla tuvimos problemas con tres reporteros, uno del diario Reforma y dos de tevé azteca que a fuerza querían sacar fotos y hacer videos del encuentro entre mamás y trabajadoras sexuales. Pero lo único que lograron con su insistencia fue que muchas de las chicas de la zona, que trabajan en las calles, no se atrevieran a acercarse al punto de encuentro porque estaba rodeado de cámaras. ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué haya pistas o una nota roja?”

Explica el integrante de la Brigada Callejera que fue duro el pleito con los periodistas por que respetaran el derecho de las chicas de no ser fotografiadas. “Cuando las chicas se cubrían la cara los reporteros, incluso algunos de medios libres, decían que seguramente esa mujer era una víctima de trata. Eso es no entender absolutamente nada de este mundo y del estigma que acompaña las profesiones de mesera, bailarina o trabajadora sexual”

Un grupo de unas doce mamás recorrió tres lugares distintos, dos bares y un cabaret, con los que la Brigada tiene contacto desde el 2010. “Los dueños de los lugares nos conocen. Si en esos lugares hubiese víctimas de trata o algo chueco, no nos dejarían entrar”

¿Cuál es la diferencia entonces entre el trabajo sexual libre y la trata?

Primero, que la persona haya sido trasladada dentro o fuera del país.

Segundo, que esté siendo explotada laboralmente, con fines sexuales (sería el caso del comercio sexual), o que sea obligada a trabajar en condiciones serviles, o que sea víctima de extracción de órganos

Tercero, (y muy importante, alertan desde la Brigada) que la persona sea o haya sido víctima de amenazas, se le haya mentido o prometido ciertas condiciones de vida o trabajo falsas, o que se use la fuerza para mantener a la persona atada a una situación que no desea vivir.

Esas son las características que se reconocen en el Protocolo de las Naciones Unidas para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, Especialmente Mujeres y Niños, adoptado por las Naciones Unidas en el año 2000, en Palermo, Italia.

“Hay una distinción nociva que hacen algunas personas que trabajan en la defensa de causas de migrantes mujeres, y es la distinción entre víctimas inocentes y víctimas culpables, que es algo que se hereda de las luchas contra el VIH”, explica Jaime Montejo. Explica que en México se formó un fideicomiso para garantizar el acceso de mamás embarazadas al medicamento retroviral necesario para tratar esa enfermedad inmunológica, mientras que a los gays, trabajadores sexuales y “drogadictos que se inyectaban” como se los nombró entonces, no se los incluyó en el fideicomiso, porque se entendía que habían sido contagiadas por sus propias prácticas.

“Así como se hizo con las víctimas del sida, se hace con las migrantes. Se las clasifica en dos tipos de víctima, las que no pudieron hacer nada para evitar caer en el trabajo sexual, y las otras que tienen responsabilidad en su vida, y que son perseguidas por sus opciones libres”

Quien retoma la palabra es Lizeth, en el cierre: “En una reunión que mantuvimos con la fiscalía para migrantes del Estado les pedí la palabra y les dije que ellos tenían que saber que los dueños de los antros ponen a las centroamericanas como encargadas de los negocios, que ellos tienen que saber que si en los grandes operativos policiales que hacen en la zona van tras las encargadas, le están haciendo el juego a los dueños del negocio. He visto a las propias meseras ser acusadas de trata, hasta a las cocineras de los bares, mientras el dueño del negocio sigue lo más tranquilo. Eso les dije, que estaban tratando a las víctimas como victimarios, que si realmente quieren atacar la trata, vayan directamente con los dueños de los negocios. Pero cuando uno les dice la verdad ellos no escuchan”

¿Cómo ha sido para Lizeth pasar de ser una trabajadora sexual independiente a convertirse en una defensoras de las colegas que continúan en el oficio? “Ha sido un reto. Después de trabajar en algún negocio, todos la señalan a una como que fuera lo peor, siempre es mal visto este trabajo. Yo me casé y mi marido sabe lo que fui y no le importa. Vamos juntos a reuniones de la organización y me apoya. Yo he aprendido a defenderme de muchas personas y mi tarea me encanta. Me uní al trabajo de la Brigada Callejera y me da gusto defender a las compañeras y ver cómo de a poco nos prestan más atención. Hemos ganado respeto.”

¿Qué les diría a las chicas hondureñas que, como ella, están pensando emprender ese camino? “Cuando me vine a México no estaba tan sangriento como ahora, está tan cabrón, tan duro y tan difícil. A mí México me recibió muy bien. Llegué en el 2000 y dos años después ya tenía documentos. Aquí se trabaja bien, se va a poder vivir siempre. De mesera una gana su dinerito. Y que dios me perdone pero a mi país no quiero regresar, nunca me voy a avergonzar de él, pero no llevaría a mis hijos a vivir allá por el miedo de que los vayan a matar. Por eso entiendo a las chicas que se quieren ir”

Foto: Agencia de Noticias Independiente Noti-calle